Con una cantata sacramental celebran los revelados Derechos Humanos del credo rojo. Cantan con el espíritu elevado, con un himnario beato en la mano. Pretenden en general recordar a los caídos, a los héroes. Si el asesinado o torturado de es de izquierda han matado o maltratado a un mártir. No todos los acribillados valen lo mismo. Si el fusilado es un disidente, un capitalista recalcitrante, guardan un silencio místico, concordante. A nadie le importa. Nunca han querido entonar la cantata en La Cabaña del che Guevara en donde los opositores eran llevados al paredón sin muchas preguntas y apurados. El exmuro de Berlín ruega por un espacio. Los ángeles han tomado partido con disciplina, el respeto a la vida también. En Cuba la vicaría de la solidaridad nunca funcionó adecuadamente, lamentablemente. El que disparaba era Abel y el que moría era Caín. En la interpretación de la partitura la religiosidad es profunda y notoria. Por antonomasia el atropellador pertenece a un solo bando, sólo a un sector político. Los monjes amarantos y los peregrinos lo tienen clarísimo. El revolucionario que tapiza con sangre el barrio del enemigo es un ungido de la fe y sube a los altares inmediatamente y se transforma en un icono digno de veneración, mantras y velas, como el compañero Camilo Torres. Algunos corean el antifonario de rodillas, con las manos al cielo y una boina. Con una metralleta en la mano han predicado de la Revolución con un vigor canónigo. El demonio no gana todas las batallas. Si alguien grita ¡Viva la libertad! en La Habana desaparece en el acto. Una vez terminado el acto cultural, el canturreo seráfico, elevan su alma y su ser y se convierten en mejores revolucionarios, anarquistas, subversivos, explosionadores, insurrectos, protestatarios, hinchapelotas y pirómanos. Los derechos humanos son un instrumento de renta financiera, de manipulación desfachatada.
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JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE

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