No pensaré en la muerte, no me agrada dialogar del más allá porque nada habría después de expirar. Reflexionar sobre mi residencia en el cementerio me amarga, me embrolla. En la tumba sólo hay oscuridad y gusanos que se alimentarán de mi ser. Es preocupante que tanto religioso centre parte de su vida y de su credo en las consecuencias de la defunción con sesudos análisis y comentarios. ¿De esta triste finitud pasamos a una bulliciosa eternidad? No lo sé. Cuando veo mi lápida con mi nombre me asusto, aunque no lo reconozca públicamente. Días enteros he girado alrededor de mi ataúd consumido por la ansiedad y la duda. Es que tengo que ser un escéptico consecuente, cumplir con el perfil del intelectual posmoderno, del charlatán. No veo ninguna luz al final del túnel. Cuando estoy solo con mi alma mi fallecimiento no me genera ningún regocijo, es más, al pensar en mi funeral me complico entero, en silencio. Me gustaría decir que cuando uno se fallece todo termina y la historia concluyó. Las dudas me ponen una pistola en la cabeza. Hay una voz que a veces dentro de mí me grita con angustia que la defunción es la fecha más importante en la sempiterna existencia del hombre. Es un evento transcendental. Sí, el alma es inmortal. Otros hasta celebran lo que viene a continuación del deceso con una seguridad impresionante. A mí no me agrada demasiado hablar de las expiraciones y cada vez que diviso en mi mente mi lápida, que parece que desea notificarme de algo. Me pongo demasiado nervioso.
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JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE

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